Recién enterradas las últimas Navidades, uno se pregunta si para celebrar es necesario semejante derroche. Y no me estoy refiriendo al consumo excesivo de estos días, sino al derroche de tiempo y energía personal que suponen: compras, regalos, visitas, cocinar, felicitar, quedar con los amigos de siempre, y con los del curro, contestar SMSs y WHASAPPs, no olvidarse de nadie, llevar a los niños a la cabalgata, echar la carta, los desplazamientos, el árbol, los petardos, etc.
Hace años que me tomo estas dos semanas largas de vacaciones y aún así el tiempo no cunde, apenas saco tiempo para hacer las cosas que me gustan. Pero además, tal y como he podido contrastar este año, no hay un aumento perceptible de bienestar y alegría.
Es una inversión muy poco rentable. El dinero es solo dinero, si lo tienes te lo gastas y ya está. Pero el desgaste físico y mental de las navidades, si que paga intereses.
Realmente no creo que haya nadie detrás de esta locura. Es sólo una inercia ascendente en la que ya no celebramos la fiesta familiar, ni la religiosa, ni siquiera la milenaria alegría de haber sobrevivido a días más cortos y oscuros del invierno.
Deberíamos reflexionar.